Buscando algo querible fui de estrella en estrella,
viendo rutas extrañas, tan extrañas cual yo.
Y en mi ruta viajera pregunté al firmamento
si mi llanto se oía en la esfera común.
Me besaron sus labios y me fui hacia el oeste
para ver si mi cuerpo vivía con el sol.
Y no estuve al alcance de las manos del mundo
porque no he sido estrella, ni cometa, ni luna,
solo he sido la chispa en las manchas del sol
unas manchas que luego son anillos de luz.
Así amé con locura a ese ser del planeta
que cerró las fronteras, territorios prohibidos,
y se fue desbocado, cual flemático equino,
y un maldito estribillo me gritaba al oído.
Se marchó como todo, como todo hombre vivo,
como ser del planeta, como ser hecho alma,
que en su paso fulmina al extenso universo
esas almas malditas que se llaman ser hombres,
pero que no responden si les dices te quiero.
Me perdí, ya lo ves, vacilando en la luna,
con mi perro a mi lado que es imaginario,
pero ya comprendí en conclusión, sin remedio,
que el sombrero tan negro que llevan las viudas
es para no ver más a esos seres nefarios,
los doríforos crueles de un mundo lejano
esos seres errantes, dioses descuitados.
19/00
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