En el pensamiento desierto y sublime,
cual faro de luna o de estrella lejana,
la alfombra verdosa se prende en la noche;
las luces del campo sobre la montaña.
Y en cada fulgor se forma un sufrimiento
y en cada farol, la alegría añorada;
y al ver esas luces ahora comprendo
que en este momento hay vidas que se apagan.
Hay vidas que encienden su nueva existencia
entre la miseria que algunos emanan,
y lloran sin llanto como si dijeran:
“quisiera volver a mi cuento de hadas”.
El cuento uterino mojado y modesto,
ahí donde la paz frente a mí se engalana,
mas llegué a este mundo que rompe mis sueños,
que no me acurruca, ni me da la cara.
Las luces verdosas, más anaranjadas,
que ves al bajar por la calle sin vela,
le roban lo bello a los astros celestes
y en la lejanía parecen cometas.
Fulgores, colores, luces y faroles
se encienden y apagan al paso que quieran.
Es incomparable la vida, el humano,
que prende y se apaga una vez, no regresa.
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