Profanidad que se vuelve exagerada,
donde no hay lugar para que entre ningún santo.
No hay visión o aparición de fe sagrada,
solo el gritar de una aventura hacia un establo.
Y mi voz que sin ungir pierde las ganas,
y mis pies que sin descanso piden rumbos,
que van entre lo aprendido y lo que falta;
condenados a ser siempre vagabundos.
Mas lo que de ti aprendí ha sido un regalo,
como un día de verano en pleno invierno,
y se desvanece luego por pecado,
y termina sumergido en un “lo siento”.
En la exactitud divina que me extraña,
en la cual dejé mis lágrimas ya rotas;
ante tanta precisión que no se empaña,
amanezco arrepentida entre las sombras.
¡Dios, tú eres tan cercano algunos días,
que hasta viendo mi silueta, así te siento,
pero a veces siento que estás tan distante,
descuitado entre las nubes, tan soberbio!
Y mis manos tristes se petrificaron
en la espera insoportable de tus ojos;
así como un carrusel circunvalando,
me introduzco en este círculo vicioso.
Observando lo distinto del paisaje,
donde mi época dorada no se encuentra;
todo aquello victoriano de romance,
es como lumbrada si el viento lo besa.
¡Oh, Jesús, que te quedaste aquí en mi alma!
Tú eres más que un crucifijo o una estampa.
Y si alguna vez recoges mis palabras,
di con ellas que no eres una farsa.
15/98
Casa