Un día recordarás a esa mujer extraña
que se ocultó por ti, como la luna en la niebla,
que se pegó a tu cuerpo como hiedra y fiel melaza,
esa que abrió su vientre para hacerte una estrella.
Y moldeaste mi cuerpo a la forma de tu ser
y encadené tu espacio a mi espacio vacío.
No sé si algún extraño algún día podrá romper
este esquema biológico de tu cuerpo en el mío.
Sé que recordarás a esta pequeña espiga
que ha escrito sobre arena tu nombre de concreto
y el mar rompió tu nombre en su transcurrir de prisa,
obviando que escribí tu nombre por el Universo.
Quizá al pasar el tiempo no serás quien eres hoy
y mi esperanza en ti caducará como el arroz.
Tal vez serás un libro más o una lección común,
o una arruga demás, quizá algo que ya se olvidó.
Un llanto sempiterno va pariendo un cruel adiós,
despojo de mi boca cada beso mustio y frío.
El cenit de mi vida tocará al hundirse el sol,
negándose a aceptar nuestro partir indefinido.
Te vi y sentí un afán tan desmedido y contundente
y sentí por mi sangre el oscilar de esta locura.
Así te vi de lejos, entre todo lo que amo,
mas hoy te tengo cerca entre tu hiel y tu censura.
Ya no seré insegura cuando me hablen de la vida
y pensaré primero en mí que en los demás humanos.
Y dejaré de ser esta amargada depresiva
que espera que la ame algún Romeo Shakespiriano.
¡Qué triste es ver llover sabiendo que no estás aquí!
Lloverá eternamente en estos ojos que besaste.
Con este corazón de la mujer que un día fui,
borraré con mis pasos cada huella que dejaste.
17/00
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