Llanto terrestre

Se eleva un sollozo montuno, cual si fuese un eco de tarde llorosa,

y el suave bramido del río se espesa en silencio ante la destrucción.

Los cielos muestran la negrura causada en el tiempo por tanta osadía

y el aire recicla su pena, ante toda la espera de un mundo mejor.

La capa agrietada nos cuenta su triste agonía y del sol que le quema,

y canta el coquí borincano la copla preciosa en su muestra de amor.

Allá el vertedero relata todos sus sentires, pues ya no da abasto

y Dios llora en forma de lluvia el dolor que le causa ver su creación.

Las playas descalzan corales y el viento marino abrumado se queda,

y escucho el quejido diuturno de aquel animal con un pie en la extinción.

El hombre no crea conciencia, destruye el paisaje sin tener clemencia,

espécimen tan ignorante que a él mismo se quiebra por un peso o dos.

La mar su fragancia no encuentra,

pues hay mil olores que en ella se mezclan.

El verde se torna trigueño, opaco y sediento, ya es casi un desierto.

El sauce comienza su danza,

mientras también bailan las lianas que lanza.

Y escucho lejos la cascada, los prados del campo, el pitirre sureño.

Mi Tierra, un puñado de estrellas,

la circunferencia que es más que azulada;

hogar de habitantes nefastos, de idiomas huraños y hermosa belleza.

Mi Tierra dejó de ser mía porque una corbata azotó su figura

y ahora es el suelo, Mi Tierra,

de aquella inmundicia que más se revela.

15/98

Acuexpreso

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