Se eleva un sollozo montuno, cual si fuese un eco de tarde llorosa,
y el suave bramido del río se espesa en silencio ante la destrucción.
Los cielos muestran la negrura causada en el tiempo por tanta osadía
y el aire recicla su pena, ante toda la espera de un mundo mejor.
La capa agrietada nos cuenta su triste agonía y del sol que le quema,
y canta el coquí borincano la copla preciosa en su muestra de amor.
Allá el vertedero relata todos sus sentires, pues ya no da abasto
y Dios llora en forma de lluvia el dolor que le causa ver su creación.
Las playas descalzan corales y el viento marino abrumado se queda,
y escucho el quejido diuturno de aquel animal con un pie en la extinción.
El hombre no crea conciencia, destruye el paisaje sin tener clemencia,
espécimen tan ignorante que a él mismo se quiebra por un peso o dos.
La mar su fragancia no encuentra,
pues hay mil olores que en ella se mezclan.
El verde se torna trigueño, opaco y sediento, ya es casi un desierto.
El sauce comienza su danza,
mientras también bailan las lianas que lanza.
Y escucho lejos la cascada, los prados del campo, el pitirre sureño.
Mi Tierra, un puñado de estrellas,
la circunferencia que es más que azulada;
hogar de habitantes nefastos, de idiomas huraños y hermosa belleza.
Mi Tierra dejó de ser mía porque una corbata azotó su figura
y ahora es el suelo, Mi Tierra,
de aquella inmundicia que más se revela.
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Acuexpreso